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sábado, 12 de octubre de 2013

Literatura y Gastronomía: El Mundo Gastronómico de Don Quijote de la Mancha



En un lugar de La Mancha de cuyo nombre ni quiero acordarme..... vivió un ilustre hidalgo llamado Don Quijote (Alonso Quijano), al que siguió en sus andanzas el fiel Sancho Panza, aficionado al buen comer. Les propongo una pequeña pero muy deliciosa recorrida por la gastronomía de esta bella región, siempre acompañados por la visión del Caballero de la Triste Figura

La cocina manchega es casera, variada y sabrosa. Solo hace falta echar un vistazo a la obra más famosa de Cervantes, donde se recogen gran cantidad de recetas clásicas de esta comunidad y se nos describen los sabrosos platos, que aun perduran en las cartas de los restaurantes, a través de los ojos del escudero de tal distinguido caballero.

Los orígenes de la gastronomía de Castilla-La Mancha son muy humildes, está basada en los productos rurales de cada comarca y se caracteriza por platos muy energéticos y nutritivos, creados por pastores y agricultores para poder enfrentarse a una dura jornada de trabajo en el campo. A estas imaginativas y económicas recetas se suman el legado culinario de los frailes, habitantes de los numerosos conventos de la geografía de esta comunidad, y el recetario árabe, del que destaca su deliciosa repostería. 

No hay cocina en el mundo, excepto la manchega del siglo XVI, que tenga la dicha de haber sido reconocida y legimitada por una obra tan importante como el Quijote. La vida de Cervantes, colmada de tramojos e sinsabores, le procuró ocasiones variadas para degustar desde un aguachirle hasta una carnosa olla podrida, desde una ración de pan hasta un manjar blanco. Frecuentó los fondos y los bodegones de Andalucía y Castilla, encalabrinó su mente con los aromas de los guisos aderezados con especias y degustó los vinos de las Españas. 

Un lector desapercibido pasaría de largo los refranes gastronómicos que están diseminados por el libro. Desde el comienzo de la obra Cervantes se preocupa por enumerar los platos que conforman la dieta de Alonso Quijano, una alimentación rica en grasas y propia de la renta menguada de un hidalgo venido a menos. Presenta a Sancho Panza como un tragaldabas quejoso de no redimir del hambre sus porfiadas tripas, ni siquiera cuando se sienta a la mesa como gobernador de Barataria y describe en los episodios de las bodas de Camacho las suculentas viandas que deleitarían los paladares de los invitados, descritos detalladamente. Toda la novela está salpimentada con alusiones gastronómicas. 




En el principio del Quijote, como un principio de caracterización del hidalgo manchego, se encuentra una golosa enumeración de los hábitos alimenticios de Alonso Quijano: Una olla de algo más de vaca que de carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.

El Quijote abunda en sabrosas descripciones sobre la comida, la bebida, el hambre y la sed. En la novela son frecuentes los detalles sobre la alimentación de la época, las pobres comidas de cebolla, el queso duro como la piedra, y las comidas abundantes de los nobles en los banquetes. Sancho, como hombre del pueblo, tiene un excelente apetito. Don Quijote, muchas veces hambriento, tiene preocupaciones de índole espiritual, que lo alejan de las inquietudes de Sancho Panza. Prefería sustentarse de sabrosas memorias, aseguraba que los caballeros andantes se pasaban la mayor parte de los días en flores, pasando sed y hambre, lo que no evita que harto de pasar hambre afirma: Tomara yo ahora más un cuartel de pan o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas hierbas describe Dioscorides. Cervantes añade: La noche oscura, el escudero hambriento y el amo con gana de comer.

En la descripción del protagonista con la que comienza la novela, el narrador nos habla de los hábitos alimenticios de Don Alonso Quijano, como una forma de acercarnos a sus características personales y sociales: no solo la presentación del personaje, también todo el universo de la novela está poblado de referencias culinarias, en la mayoría de los casos se tratan de recetas un poco lejanas a los hábitos alimenticios modernos, aunque muchas se han convertido en tradiciones sencillas a adaptar al gusto moderno. Otras por su parte, son auténticas delicias que aun están presentes, con ciertas variantes, en la cocina actual de la región manchega, sobre la que antaño cabalgaba Don Quijote. 

A través de la narración la cocina vuelve a aparecer en numerosas ocasiones para dar idea del Fausto de la celebración, de la riqueza de un personaje o de los aprietos en los que se veía el caballero andante y su escudero. La olla podrida, los garbanzos, las lentejas, el queso y las más variadas aves y animales de caza aparecen en la mesa de El Quijote. 

También la sed agobia al caballero: Ya toparemos donde mitigar esa terrible sed que nos fatiga, que sin duda causa mayor pena que la hambre. Molido a palos por los mercaderes solo quiso comer y que le dejasen dormir. Su apetito se despierta, olvidándose de su melancolía al ver a Sancho engullir conejos y perdices Y diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto al caldero, con tan buenos alientos que despertó los de Don Quijote. Otras veces sus desgracias lo deprimen y pierde el apetito Me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes, entorpece las muelas y entumece las manos y quita de todo en todo las ganas de comer. Quizás la frase que mejor resuma las relaciones entre la espiritualidad y el hambre del Caballero de la Triste Figura sea El mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la continua necesidad.





Don Quijote es un leptosomático o asténico, Sancho es pícnico, pletórico, obeso y sus actitudes ante la comida, como ante la vida en general, corresponden a dos modelos temperamentales opuestos. Los consejos que Don Quijote da a Sancho cuando éste parte para gobernar su ínsula son mayoritariamente de índole alimentaria: Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra, o también come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

El hambre castiga a Alonso Quijano, cada vez más desnutrido, delgado y etéreo, menos material y más espiritual, libre de ataduras terrenales, salvo su obsesión por deshacer tuertos y liberar doncellas de las garras de malandrines y gigantes. Cervantes lo describe después de su primera salida flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones del cerebro.

Las situaciones vividas por Sancho en su ínsula carecen de desperdicio. Cree que quedarán atrás sus penurias gastronómicas, aunque el doctor Pedro Recio Agüero no le deja abrir la boca y Sancho exclama: Más quiero hartarme de gazpacho que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre. Para él es imposible aguantar la implacable dieta y cree que lo que aquel médico desea es que muera de hambre. El escudero tiene olfato de sabueso, mas de una vez se fue tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban. El castigo del glotón es ver su apetito satisfecho antes de lo que él quisiera, sumido a continuación en el sopor y la torpeza. 

Sancho come aprisa y a dos carrillos, para saciar rápidamente su hambre. El desayuno descrito por el doctor Pedro Recio, con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría le parece pensado para quitarle la vida. Acostumbrado a pasar hambre se confina en su ínsula y adopta buenas maneras en la mesa: Aprendió a comer a lo melindroso tanto, que comía con tenedor las uvas y aun los granos de la granada.






Otros personajes de la novela opinan sobre la comida, como Teresa Panza: Que la mejor salsa del mundo es la hambre, y como no falta a los pobres, siempre comen a gusto. El canónigo recomienda para templar la cólera tomar un bocado y beber una vez. También los animales tienen hambre, al igual que sus dueños. Rocinante sufre grandes padecimientos porque su amo le exige grandes esfuerzos sin sministrarle el alimento necesario para ello. Para Rocinante y Rucio, toda ocasión es buena para ir a pacer juntos y alimentarse por su cuenta. 

Cervantes cita 88 alimentos en el Quijote, entre ellos pesados como el bacalao, el caviar negro, el curadillo, los peces de la laguna de Ruidera, las truchas, truchuelas, sardinas y arenques, las carnes, como el cabrito, carnero, gallinas, conejo, gallipavo, ganso, gullerías, lechones, jamón, liebre, novillo, palomino, perdices, pichones, pollo, ternera, tocino, torreznos asados y vaca, vegetales como aceitunas, ajos, cebolla, hierbas, nabos y zanahorias, legumbres como algarrobas, garbanzos, lenteja, cebada y trigo, frutas como avellanas, bellotas, granada, nísperos, nueces, pasas y uvas, guisos como albondiguillas, canutillos, cecina, duelos y quebrantos, además de empanadas, ensaladas, fruta sazonada, manjar blanco, matalotaje, carne de membrillo, migas con torreznos, olla podrida, salpicón, tasajo de cabra, torreznos asados y tortilla de huevos. No olvida los quesos manchegos de Trochón, requesón y la leche, así como el vino añejo, generoso y de Ciudad Real. También aparecen el pan, la sal, la pimienta, los ajos y el aceite. Un completo inventario de la alimentación de los hombres del Renacimiento español.

Es difícil reunir en un texto tal cantidad de logros y aciertos, de aportaciones que sirvieron para consolidar la novela moderna. Es una novela monumental e insuperable, con hallazgos que siguen sorprendiendo a sus lectores, estudiosos y críticos. A sus muchos méritos ne haber puesto en escena dos personajes arquetípicos, el idealista hidalgo y el rústico socarrón, unidos por las locas aventuras a que les conducen las fantasías de Don Quijote. Como interés adicional cabe mencionar el contenido relacionado con la salud, las noticias sobre las enfermedades y sus remedios, las observaciones sobre la comida, los sueños, las costumbres sexuales y sus desviaciones, las heridas, los locos y gigantes, los enanos y los médicos. El resultado es un fresco único sobre la España de su tiempo. 

A través de la obra de Cervantes la cocina manchega del Siglo de Oro se presenta como una herencia cultural vastísima, rica y viva, puesto que sigue evolucionando hoy, más de cuatrocientos años después de haber sido relatada en la obra cumbre de la literatura hispánica. 




miércoles, 30 de mayo de 2012

La Paella



Se denomina paella (del catalán-valenciano paella, especie de sartén ancha) a una receta de cocina a base de arroz cocido, originada en Valencia. Se trata de un plato humilde con enorme tradición e historia en la Comunidad Valenciana. La popularidad de este plato ha hecho, que en la actualidad, se haya expandido con gran cantidad de variantes en los ingredientes a las diversas regiones de la cocina española. La paella es básicamente un arroz servido en Valencia que ha devenido en emblema culinario español, pero la riqueza de la Huerta de Valencia ha permitido que su gastronomía sea mucho más variada, y además de la paella, haya más platos por reconocerle.

Hoy en día resulta raro encontrar un restaurante español que no ofrezca habitualmente este plato en su menú. Su popularidad creció tanto a lo largo del siglo XX a nivel internacional que hoy en día es un plato que se puede encontrar en los restaurantes de occidente. Esta popularidad ha hecho que la paella haya ido sufriendo transformaciones desde la receta original de la paella valenciana (de pollo, pato, conejo y caracoles) y hayan aparecido variantes que se resumen en paella marinera, elaborada con una combinación de pescados y/o mariscos y la paella mixta.

El origen de la paella se remonta al de su principal ingrediente, el arroz. Éste entró en Europa procedente de Asia, aproximadamente en 330 antes de nuestra era, y de allí hizo un largo periplo hasta instalarse en las costas orientales españolas. El recipiente denominado patela es, sin embargo, aun más antiguo y data de la época de la ocupación de Hispania por el imperio romano. Otro ingrediente importante de la paella es el azafrán.

La paella tiene su historia propia como plato, ligada al empleo del arroz en el área mediterránea. Este cereal entró en Europa desde Asia donde era de uso común y fue expandiéndose a lo largo de los diversos territorios europeos. El Oriente Medio tuvo constancia de este cereal por las rutas comerciales de Asia meridional ya en el primer milenio antes de nuestra era. En el año 330 antes de Cristo, las tropas de Alejandro Magno en su incursión sobre el imperio aqueménida, hasta llegar a la India, abren la posibilidad a Occidente de conocer el arroz. No obstante, los historiadores sostienen que el arroz pudo entrar a Europa por diversas rutas:



  • Desde Persia al Antiguo Egipto a lo largo de los siglos IV y I antes de nuestra era
  • Desde la Antigua Grecia o Egipto a España y Sicilia en el siglo VIII
  • Desde Persia a España en el siglo VIII, y luego a Italia entre los siglos XIII y XVI

El Imperio Otomano llevó el arroz desde Persia a los Balcanes. Cabe también la posibilidad de exportaciones directas desde Asia a Europa, aunque esto no significa que existieran platos con arroz. El arroz era habitual en forma de gruel servido junto con leche, y a veces empleado como prescripción médica. 

La expulsión de los moriscos por los Reyes Católicos el 14 de febrero de 1502 deja en la región costera el conocimiento del cultivo del arroz. Es muy posible que fuera resurgiendo su consumo en las zonas rurales de Valencia, entre los siglos XV y XVI, por la necesidad y demanda de campesinos y pastores de una comida fácil de transportar y cocinada con los ingredientes que tuvieran a mano, que fueran fáciles de adquirir en las zonas cercanas. Estos toscos arroces poco tienen que ver con la actual paella. No obstante, en los viejos recetarios de la época se continuaba empleando el arroz como harina en la elaboración de purés. 

El cocinero italiano Bartolomeo Scappi menciona en su libro Opera dell'arte del cucinare diversos platos de recetas con este cereal. Uno de los mencionados es el Riso a la italiana, elaborado con caldo de carne, sin indicar las características finales del plato. La proliferación de estas preparaciones provienen, no de la influencia morisca de Sicilia, sino de los mercaderes venecianos. Esto indica que los platos de arroz ya eran populares entre la población mediterránea de finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI.

La primera cita documentada de la paella aparece en un manuscrito de recetas del siglo XVIII, donde ya se distinguen aspectos técnicos acerca de su elaboración, remarcando lo seco que debe quedar, y se distingue entre el arroz a la catalana o a la valenciana. Los arroces del delta del Ebro comienzan a ser nombrados en la literatura.




La paella es una especie de sartén generalmente de hierro o acero, ancha, con dos o más asas pequeñas, poca profundidad y gran superficie. Esta proporción mantiene los ratios de evaporación proporcionados. Su diseño plano y de poca profundidad favorece una evaporación rápida y uniforme del caldo, característica necesaria para la preparación correcta de la paella.

El arroz es el protagonista principal de la paella. Dicho arroz debe de tener dos características a tener en cuenta: la primera es la capacidad de absorber agua y la segunda su resistencia en reventar (abrirse) durante la cocción. 

En Valencia el arroz se vierte en la paella cuando el caldo está hirviendo. Se suele cocer el arroz inicialmente con un punto de sal , ya que es un cereal con poco sodio  y tiende a absorber el caldo por osmosis. Es importante repartir bien el cereal  desde el comienzo, ya que en caso de removerlo se romperá librando el almidón que guarda en su interior provocando que el grano explote y quede con una textura no demasiado agradable.

Se emplean diversas verduras y hortalizas en su preparación. Dentro de las verduras se encuentran la tavella (tabella) y las ferraduras, dos tipos autóctonos de judías verdes. Entre las verduras también se encuentran las alcachofas, habas, el garrafón (una alubia blanca grande y plana) y el tomate. 

Los elementos cárnicos son habituales en la receta original de la paella. Es natural que se empleen las carnes de caza típicas de Albufera. No obstante también aparecen la carne de pollo, el conejo y en raras ocasiones el pato silvestre. Es frecuente también el caracol serrano, que posee una cáscara de color blanco con franjas negras. 




El uso del azafrán para condimentar y colorear platos de arroz como la paella, ha sido antaño un uso frecuente en los platos valencianos. En Valencia se suelen agregar, en ciertas ocasiones, un poco de pimentón y unas ramas de romero (pero antes de hervir), para que el caldo no tome demasiado sabor. A la hora de servir es frecuente el uso de perejil como decoración y aromatizante. El uso del pimentón dulce es opcional, su empleo proporciona un sabor ahumado agradable.

Desde que la paella dio un salto desde su cuna este plato no ha dejado de aumentar su fama y sus degustadores en el resto de España y del mundo. La paella dominical de los valencianos se cocina hoy en día en buena parte de España, y su popularidad es tal que se ha convertido en un plato estrella de la cocina valenciana dentro y fuera del país. Esta internacionalización ha originado nuevas variantes del plato y como todas aquellas recetas que han alcanzado fama mundial, hoy existen centenares de tipos de paellas, algunas con recetas realmente exóticas que no tienen nada que ver con la paella valenciana tradicional.

La variante más popular es la paella marinera que prescinde mayoritariamente de las verduras y sustituye la carne por diversos mariscos, moluscos y pescados, además de sustituir el agua por caldo de pescado. En tierras valencianas también es posible encontrar otra variedad de paella, la paella de invierno, en la que debido a la dificultad de encontrar judías verdes en dicha época del año, se utilizan otras verduras como alcachofas para sustituirlas. No existen documentos históricos que señalen exactamente el origen de la paella marinera, aunque se sabe que es la alternativa costera a la paella campesina, elaborada a base de sepia, calamares, cigala, langostas, almeja, etc.




La paella, de origen valenciano se ha convertido en un plato consumido en todo el territorio español, aunque a menudo con modificaciones que se alejan de su receta original. Para algunos autores, la paella es uno de los platos más humillados y modificados de la culinaria española. Puede encontrarse en todos los sitios turísticos españoles, además resulta muy habitual en los menús del día de la mayoría de los restaurantes. Servida a veces como tapa en bares, es un sabor que identifica la cocina española. 

Hoy en día la globalización ha dado lugar a realizaciones de paella fuera del territorio español, y en algunos casos el plato cobra identidad propia del lugar. En algunos casos los cocineros extranjeros definen la paella como un equilibrio entre el arroz y los productos cárnicos y marítimos. Puede encontrarse descrita en los libros de cocina de todos los idiomas y ocupa un lugar importante siempre que se hable de platos de arroz. Es tomada internacionalmente como un plató típico de la cocina española, y por extensión de la mediterránea. Las recetas de la paella se han seguido adaptando a los ingredientes lugareños y en su evolución han dado nuevas e interesantes recetas.

Asociaciones de hosteleros, chefs y restauradores han criticado este hecho y han reclamado que se conceda una denominación de origen a la receta original de la paella valenciana, a fin de evitar que se utilice dicho nombre para recetas que poco o nada tienen que ver con la forma típica de preparar el plato.

La fuerte demanda de paella en los sitios turísticos de España, así como en el extranjero ha dado lugar a la aparición de franquicias paelladador que ofrece paellas precocinadas listas para ser servidas en pocos instantes. También encontramos servicios de reparto de paella a domicilio. La aparición en supermercados de preparados congelados y listos para ser incorporados al caldo hirviente de la paella, ha llevado la paella al mundo de los alimentos confort. 



domingo, 29 de abril de 2012

Gastronomía madrileña


La gastronomía de Madrid posee las tradiciones culinarias propias de la población inicial, cuando Felipe II creó la capital y posteriormente de los pueblos de su propia provincia que fueron aportando sus viandas a la cocina propia de la ciudad de Madrid. Es frecuente comprobar como el olor típico de la cocina madrileña es la de la fritura en aceite vegetal, los churros, los calamares a la romana. la tortilla de patatas, los bocadillos de calamares servidos en los bares, las patatas bravas, los chopitos, etc. Los bares y los restaurantes despiden ese olor por las calles a casi cualquier hora del día. Muchos de los platos que poseen la denominación de a la madrileña, son originarias de las tascas y tabernas madrileñas.


Una de las características de la gastronomía madrileña es su capacidad de adaptar platos provenientes de otras zonas geográficas de España. Algunos de los platos y costumbres culinarias más tradicionales tienen su origen en la emigración procedentes de diversas partes de España, que tuvo su existencia a principios del siglo XX. Hoy en día no es extraño observar como las comidas de otras culturas se instalan en numerosas calles haciendo más rica la oferta y abriendo las puertas a una cocina fusión. 


Entre las frutas puede decirse que las temporadas marcan el ritmo de consumo: por ejemplo, en la primavera/verano se encuentra el melón de Villaconejos y las famosas fresas de Aranjuez. Entre el consumo de verduras destacan los espárragos (generalmente de Aranjuez, aunque también se suelen ofrecer aquellos procedentes de La Rioja). En invierno se encuentra la uva de Villa del Prado y se venden castañas a la brasa por las calles, además del cachahuetes, que eran ofrecidos por los manisteros. En el terreno de las frutas secas se encuentran las bellotas de El Pardo o las almendras de Alcalá, algunas de ellas empleadas en repostería. También es muy popular el consumo de legumbres, destacándose entre todos el garbanzo (utilizado en el tradicional cocido madrileño).


En el terreno de las verduras puede verse la afición del pueblo madrileño, especialmente en los días festivos por los encurtidos: pepinillos, aceitunas, escabeches, berenjenas de Almagro, entre otros, presentes en las fiestas y reuniones públicas. Son conocidas las aceitunas a la madrileña, con su aliño tipico a base de cebolla cortada y pimentón. 








Dentro del apartado de las carnes existen muchas variantes, destacando por su presencia en los platos clásicos el consumo de casquería. El consumo de carne estaba restringido en la antigüedad a las clases más favorecidas de la Corte madrileña y es posible que su alto consumo dejara un resto de manjares de segunda categoría , que bien pudo dar lugar a las gallinejas, a los entresijos, a los callos y los zaranjos, no todos puramente madrileños, pero con variantes e inspiraciones de otras zonas geográficas de España. Son populares los pinchitos de carne.


La apertura del matadero de Madrid en 1910 tuvo como resultado una distribución más regular. El gusto por la carne de caza puede verse frecuentemente en los mercados, encontrándose con facilidad el jabalí, el ganso, y sobre todo la perdiz y el faisán. 


El consumo de pescado y marisco es bastante alto, y no es de extrañar que muchos de los platos típicos de Madrid incluyan productos de mar. Algunos ejemplos son el bacalao en salazón, que hoy en día posee tiendas especiales de venta, el besugo, los calamares, las sardinas, el atún en migas y las truchas, etc.


Entre las preparaciones más populares se encuentran la de los escabeches en diversos pescados (besugo, bonito, jurelés sardinas), que mantienen el pescado comestible durante más tiempo. Los escabeches participan en recetas tales como la de la tortilla a la madrileña. Entre los escabeches se encuentra el del bonito, servido en forma de bloque, solo o acompañado de pimientos, las sardinas escabechadas y los boquerones en vinagre.


La gastronomía de Madrid no empieza a ser conocida hasta finales del siglo XVI cuando Felipe II instala la capital en la villa de Madrid. Su base es la gastronomía castellana. En esa época comienza el estilo del mesón popular que hoy en día aun se encuentra en la cocina madrileña, las gallinejeras friendo en la calle y las cantinas sirviendo vinos. Algunos de los mesones típicos de hoy en día datan del siglo XVIII: la Casa Botín de rancio sabor castellano  se estableció como posada en 1725 o la Posada de la Villa  que data de 1642.







La cocina de la corte hizo que aparecieran las lujosas cenas, además de nuevos ingredientes provenientes de las lejanas colonias, tal como el chocolate, el café, etc. En el año 1607 el comerciante Pedro Xarquías vende nieve de forma exclusiva, construyendo en la Glorieta de Bilbao unos depósitos subterráneos para almacenarla y poder ofrecer helados en la corte. La nieve era transportada mediante yeguas de la Sierra de Guadarrama. De esta época nace el uso de la olla podrida, que se convirtió con el tiempo, en el famoso cocido madrileño.

Con la caída de la casa real francesa muchos de los cocineros quedaron sin profesión y pronto empiezan a abrirse mesones y botillerías. Esta situación hace que se empiece a ofrecer servicios a la clase burguesa emergente. Aparecen fondas como La Fontana de Oro y la Gran Cruz de Malta, etc. El pescado no aparece en los platos de la época, ya que los medios de locomoción no eran tan efectivos. 


Las fondas de la época no ofrecían buena comida a los extranjeros. La oferta gastronómica era mala y el servicio pésimo. No era costumbre de los madrileños de asistir a las fondas para comer en aquella época.


La Guerra Civil causó un antes y un después en la vida culinaria de Madrid. Tras la contienda surge un nuevo fenómeno: las cafeterías, recintos donde se toman los cafés y los aperitivos con mayor celeridad que en los antiguos cafés. La primera cafetería en Madrid fue California. También es famoso el primer salón de té de Madrid, el Embassy, local con una actividad de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial.


Hoy en día Madrid tiene restaurantes de cocina regional española e internacional para cualquier presupuesto, que ofrecen una envidiable relación calidad/precio en comparación con muchas capitales europeas. Madrid es un destino culinario internacional de primer orden, bien apreciado por el visitante extranjero.





Los platos más principales más populares en los bares y tascas madrileños suelen proceder de otras regiones, adoptando en Madrid un carácter propio:

  • Cocido madrileño: estofado de verduras y carne muy popular que aparece frecuentemente en el menú de los martes en los restaurantes de la capital. Contiene garbanzos, carne de vacuno, hortalizas y embutidos. Suele servirse en tres platos: primero la sopa hecha con el caldo, luego las legumbres y las hortalizas , y por último las carnes y los embutidos.
  • Callos a la madrileña: una variante de los callos, probablemente introducida por los emigrantes asturianos que llegaron a Madrid durante el siglo XIX. Se elabora con tripa de vacunoo cordero, pata y morro de vaca, chorizo, morcilla, pimentón y otros aliños.
  • Sopas de ajo: según algunos autores es el tercer plato madrileño. Su receta existe en verso y fue musicalizada en 1829 por José María Casarras
  • Besugo a la madrileña; plato muy tradicional elaborado con besugo al horno. Es típico de la cocina navideña.
  • Judías a lo Tío Lucas: plato de judías remojadas y cocidas en aceite de oliva y ajo
  • Ensalada San Isidro: se trata de una ensalada de hojas de lechuga, aceitunas negras, huevo duro cortado en rebanadas y atún en lata.

Algunas tapas (o pequeños platos) son servidos en la actualidad en tabernas y bares como tapas, sirviendo, según la costumbre madrileñas picar entre horas, Los platos más comunes en Madrid a la hora de tapear son:

  • Oreja a la plancha: suele ser una de las raciones típicas de los madrileños. Existe en diversas variantes: al ajillo, con salsa picante, a la vizcaína, etc.
  • Gallinejas: plato en otro tiempo muy popular, consiste en una fritura de víseras de cordero.
  • Gambas y setas al ajillo: muy populares en los bares, suelen ser un aperitivo adecuado para mediodía. Se sirven muy calientes y deben comerse al instante.


  • Bocadillos; en una gran variedad de posibilidades, desde el típico bocadillo de calamares (calamares a la romana) tan populares que resulta extraño el bar que no lo sirva, hasta el pepino con ternera (bocadillo con un filete de ternera)
  • Patatas y tortilla brava: muy populares como tapas en la mayoría de los bares
  • Soldaditos de Pavía: pedacitos de lomo de bacalao desalado, rebozados y fritos.
  • Huevos estrellados: tapa típica que se sirve hoy en día en la mayoría de los bares y tascas de la época
  • Media tosta: típico pan abierto que se ofrecía en los cafés de la época y que hoy en día aparece, mayoritariamente, en las celebraciones

La pastelería festiva está, por regla general, asociada a una festividad santoral o religiosa. De las pastelerías salen dulces y bollos, como, por ejemplo:

  • Rosquillas tontas y listas y las francesas: suelen encontrarse en las pastelerías durante los meses de mayo y al final de las fiestas de San Isidro
  • Rosquillas de Santa Clara: tradicionales durante las festividades de San Isidro en Madrid
  • Huesos de santos: típicos en las estanterías de las pastelerías  cerca de la fecha de Todos los Santos, junto con los buñuelos de viento
  • Torrijas: Típicas de Semana Santa que suele tomarse a cualquier hora del día
  • Roscón de Reyes: roscón típico de la culinaria navideña

Entre la pastelería no tradicional podemos encontrar:

  • Los buñuelos de viento rellenos
  • Los bartolillos, finas empanadillas rellenas de crema con aroma a limón y fritas
  • Las tejas y los barquitos típicos durante los días de fiesta 
  • Los picatostas, típicos de los bares y cafés madrileños
  • Las napolitanas de crema y chocolate
  • Las agujas de ternera, bollo con hojaldre que posee un guiso de carne picante en su interior
  • Las rosquillas y almendras garrapiñadas de Alcalá de Henares